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jueves, 19 de enero de 2017

  • Martes, 15 de Noviembre de 2016 a las 7:06 a.m.
Tras las acciones de los "socialistas", acá la infidelidad a los principios no la ejerce Lilian Tintori, sino los militantes del PSUV. Además, la infidelidad se convirtió en un método

“El poder como la mujer es obtenido donjuanísticamente:
por la violencia o el engaño.
La mujer, como el poder, es sujeto de una dominación patriarcal:
personalista, déspota, e ilimitada”.
Luis Britto García (1)

Una de las campañas sucias de la política venezolana en la actualidad consiste en (burlarse y) adivinar la paternidad de un supuesto embarazo de Lilian Tintori, la esposa del líder opositor preso Leopoldo López. Y si acaso todavía más retrogrado, condenarla porque abortaría.
La “maniobra” en contra de esta mujer, que representa los intereses de su marido (intereses de la derecha en Venezuela y Latinoamérica) entra como anillo al dedo de una “izquierda” pacata que enarbola la familia nuclear como bandera, que hace uso de la población sexogénero diversa con fines electoreros (de los que -cuando tiene el micrófono- se mofa), y luego el cuerpo de la mujer como propiedad del Estado, una campaña conservadora y ofensiva para las y los feministas de izquierda.
¿Acaso, no hay mejor argumento para mantener en la cárcel a Leopoldo López, que la supuesta infidelidad de una mujer que se camina el mundo presionando por la liberación de su marido? ¿O, acaso con este tipo de falacias creen socavar la “moralidad” de una familia determinada (social y económicamente) a ocupar como su casa a Miraflores?
Decía Nietzsche que “cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. ¿Quién puede decir que una no se convierte en el enemigo si actúa como el enemigo?
El machismo criollo pone en duda la sexualidad de un “sospechosamente demasiado soltero” candidato a la presidencia Henrique Capriles Radonski (quien contribuye con el bochinche prometiendo casamiento a cambio de votos), porque en Venezuela el poder está asociado a la potencia sexual, heteronormativa además (por eso cualquier cambio en su peso, o en las formas de su piel, lo diagnostican inmediatamente con SIDA, asociándolo a su homosexualidad).
Lo mismo disminuye a López al “donar” la vagina de su esposa a todo macho en libertad. Pone en la diana de piernas abiertas a la mujer del antagonista (porque al villano ya lo tiene tras las rejas). Entonces, Diosdado le haría el “favor” a Lilian, mientras en la cárcel a Leopoldo se le “cae el jabón”: el superhombre, versus la “mariquita”.
El rechazo a la feminidad, a los rasgos femeninos en un hombre, tiene que ver con el repudio a una debilidad asociada a la supuesta naturaleza de la mujer, nacida para obedecer, según un principio aristotélico en Política.
Acusar a Lilian de serle infiel a su marido pretende descolocar a uno de los líderes de la oposición radical contra el gobierno. Lo remite a la posición del cornudo, el poco hombre, el apocado. Ergo le faltaría hombría para liderar y gobernar. Si el machismo criollo tiene que hacer mierda los principios de la ideología que dicen practicar (el socialismo del siglo XXI) para mantenerse en el poder, se llevan por delante mujer, principios, y la ideología misma, entonces los infieles son sus militantes.
Esto, como sino fuera suficiente el prontuario de López para mantenerlo tras las rejas. Como si los poderes públicos carecieran de argumentos para sostener la decisión de hacer justicia respecto al destino de este criminal (2) ¿Esa falta de argumentos no sería contraproducente para que la libertad del personaje se haga factible? ¿A quién le conviene la superficialidad de la contraofensiva “revolucionaria”?
Carlos Andrés Pérez, una vez lo explicó así: “Aquí hay dos grandes temas para acusar y destruir a un hombre: el homosexualismo y la corrupción, lo primero me lo quitaron porque todo el mundo se dedicó a decir que yo era un don Juan. Entonces me acusaron de corrupto ”. Antes que la honestidad, la “probidad” sexual.
A Rómulo Betancourt se le recuerda por querer escaparse de la “fragua” diaria en las conversaciones ligeras de las mujeres. Escaparse en “las cosas sin importancia” que discutían las mujeres era el signo patriarcal de la época para decir que las mujeres fuimos (y según la agenda, seguimos siendo) la vía de escape, la almohada donde recostar el poder, la mano sobre el hombro en la foto, el bailecito en la sala para liberar las tensiones. Querer disminuir la lucha de Lilian (lucha con la que no estamos de acuerdo), como disminuyeron el carácter de Cilia.
Que le cambiaran el nombre de Primera dama a Cilia Flores al de Primera combatiente no supuso un cambio de paradigma en el triste papel al que la historia condena a las mujeres de los presidentes en Venezuela y el mundo: el de receptáculo para los hijos (ejemplo para la familia), y la organizadora de las dádivas en Instituciones de caridad. Pero en una abogada que estuvo al frente de tantas batallas y que ahora queda relegada a la sacrosanta imagen de esposa abnegada, y al silencio ése de ser la “gran mujer detrás de un gran hombre” (a la sombra), es un paso atrás para la construcción de la imagen de la mujer revolucionaria en Venezuela.
Después de todo, Lilian hace su trabajo y lo hace bien, estemos de acuerdo o no en los motivos de su acción política (Desmond Tutu y la hija de Salvador Allende se cuentan entre sus conquistas a favor de López). Es decir, ella representa lo que la historia dice que debe ser una mujer: la que lucha para que el hombre, su hombre, tenga el poder. Pero, y qué hace Cilia.
Marcela Lagarde lo diría así: “La condición de cuidadoras gratifica a las mujeres afectivas y simbólicamente en un mundo gobernado por el dinero y la valoración económica del trabajo y por el poder político. Dinero, valor y poder son conculcados a las cuidadoras. Los poderes del cuidado, conceptualizados en conjunto como maternazgo, por estar asociados a la maternidad, no sirven a las mujeres para su desarrollo individual y moderno y tampoco pueden ser trasladados del ámbito familiar y doméstico al ámbito del poder político institucional” (3). Es decir: ser primera dama, primera combatiente no hace mojón (me perdonan lo prosaica).
En definitiva, tras las acciones de los "socialistas", acá la infidelidad a los principios no la ejerce Lilian. (Véase además: Asociaciones del Gobierno revolucionario con Gold Reserve, Monsanto, Nestlé, etc.). La infidelidad entonces se convirtió en un método.

Amplíe:
(1) Britto L. (2011). La máscara del poder. Caracas: Correo del Orinoco. P: 129.
(2) “Leopoldo López es un político venezolano de ultraderecha, exalcalde y exprecandidato presidencial, inhabilitado por hechos de corrupción, vinculado a instituciones financiadas por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, responsable de acciones desestabilizadoras. Aliado del expresidente colombiano Álvaro Uribe y el autor intelectual de acciones violentas en el país que han dejado decenas de muertos”. Más en: http://www.telesurtv.net/news/Leopoldo-Lopez-Agent...
(3) Cita tomada de la editorial de Las Comadres Púrpuras: Cilia en familia https://www.aporrea.org/ddhh/a235206.html
Lee también en Gastronauta: Caraotas para Alí | Enramar | Malcogidos | Gitana |
Tomado de http://contrapunto.com/noticia/infidelidad-108747/ en 19 de enero de 2017.

miércoles, 11 de enero de 2017

El mito del Caribe y las “mamis ardientes”


T. no es de Venezuela. Vino a pasar unos meses. Ya a punto de irse me cuenta que se queda con cierto hastío respecto a la forma en cómo las mujeres venezolanas se relacionan: “Esperan ser cortejadas, como si los hombres debiéramos ganarnos cualquier atención que ellas nos den. Eso hace complicado lograr un encuentro sexual casual. Al principio se muestran arrojadas, tienen acercamientos físicos hasta osados, pero cuando uno quiere ir más allá se retractan o todo se complica. Terminan siendo más conservadoras que las mujeres no caribeñas”.
Hace un par de años, en la lectura del veredicto de un concurso venezolano de narrativa erótica, una muchacha del público pidió el derecho de palabra para hablar sobre la hipocresía de una sociedad venezolana que se jacta de sus libertades sexuales caribeñas pero que en su mayoría termina siendo bastante pacata.
Un par de entrevistados que han vivido en Venezuela varios años se “quejan” de lo mismo: “Está esa premisa de la sangre y el cuerpo caliente del ser caribeño. Las mujeres actúan con provocación a veces, como si no se complicaran por lo sexual, pero después de que sucede esperan más, o se lo toman todo a pecho y quieren que algo superficial se vuelva más serio”.

Ninfómanas y vírgenes. No hay términos medios


¿De dónde provienen los estereotipos de las mujeres caribeñas y su “libertad sexual”? ¿A qué se deben estas construcciones culturales y raciales del género? ¿Desde dónde se mantiene la idea de la “mami negra”, la “latina ardiente” y su contraparte criticada, la “virgen abnegada” o “dulce María”? Yosjuan Piña Narváez (“erchxs”), activista que ha investigado sobre los procesos de opresión y colonización de los cuerpos y disidencias sexuales, explica: “Todo pasa por la construcción de estxs cuerpxs otrxs bajo la mirada blanca durante el proceso colonial. Es decir, nosotrxs, cuerpxs disidentes, negrxs, indixs, etnoracializadxs, fuimos construidos primero desde la animalidad, luego desde lo ‘extraño’ lo ‘raro’, lo exótico. Mientras que el centro de la ‘normalidad’, de las ‘corporalidades’, es el cuerpo blanco, norte-europeo, delgado, joven o juvenilizado y sin diversidad funcional que lo aleje del plano de la ‘normalidad’”. Piña Narváez señala que los cuerpos caribeños (“cuerpos otros”), formaron/forman parte del deseo de los cuerpos hegemónicos “quienes se encargaron de apropiar, intervenir, violar, erotizar ‘lo extraño’, exotizar lo ‘raro’. Ero-exotizarnos a lxs cuerpxs racializadxs como cuerpxs consumibles, devorables, extraíbles, intercambiables.” Esta “exotización” no se limitó a la mirada blanca/europea, se extendió por toda América Latina, creando la imagen de una población caribeña hipersexual, de tropicals bombshells (bombas tropicales sexuales). Caló en los imaginarios de las propias identidades del Caribe, que se manejan entre la dicotomía de seguir imitando los estereotipos coloniales impuestos como caribeñas picantes o como santas Marías.
Justamente entre los argumentos manifestados al principio de este texto se resalta la incomodidad del comportamiento de las mujeres entre el binarismo de la “latina hot” y la “dama católica”. Desde estos estereotipos se culpa y señalan las formas en que las mujeres caribeñas asumen su sexualidad. Carolina Serrano-Barquín y Patricia Zarza-Delgado, en su trabajo El erotismo como consumo cultural que evidencia violencia simbólica, plantean: “En el imaginario masculino de dominación surgieron dos míticos personajes femeninos: una, la voluptuosa, seductora y ninfómana, o la otra; la casta, fiel y sumisa virgen que sólo sirve para la procreación, mientras que el imaginario de lo femenino está plagado de historias que demuestran la peligrosidad de ese animal incontenible que ha representado la mujer, ya sea demoníaca o virtuosa, a lo largo de la historia y que, según esta tradición, a las mujeres hay que encerrarlas, esconderlas, atosigar con prejuicios, ascos y pudores; extrañarlas de sus cuerpos”.

No siempre tengo las piernas abiertas. No siempre quiero solo sexo


A la vez hay un elemento a tomar en cuenta: “Si bien la sensualidad está muy ligada a la seducción, no necesariamente implica una práctica sexual”, explican las autoras. Esta aclaratoria es pertinente cuando se asumen las manifestaciones corporales de las mujeres, y sus expresiones de deseo, como una inmediata invitación al sexo. Cuando la mujer aclara y se niega a acceder a un acto más íntimo es señalada como “calientona”, pacata, no se reconoce su derecho a negarse, ni su construcción y manifestación del deseo. Y si accede pero manifiesta la pretensión de profundizar en otro tipo de relación más continua, es tildada de enrollada, complicada. Queda sujeta al rechazo de un policía moral, comenta Piña Narváez: “Este policía moral te dice que no eres lo suficientemente progre y liberal, y que yo, hombre, soy quien te va a decir cómo vas a hacer la revolución sexual, el que trae el patrón de la liberación sexual, la franquicia colonizadora de la sexualidad que nosotras, sudakas, debemos acatar porque somos mojigatas”.
Antonia Domínguez Miguela en la investigación Esa imagen que en mi espejo se detiene: la herencia femenina en la narrativa de latinas en EE.UU, habla de valores culturales, modelos y roles asfixiantes y difíciles de combatir debido a su larga permanencia, y que ejercen presión sobre los comportamientos de la mujer dentro de la cultura latina: “Son creados por el sistema patriarcal para controlar el comportamiento social y familiar de la mujer que es automáticamente condenada al ostracismo y rechazo general si no sigue los modelos clasificados como positivos y deseables por la comunidad patriarcal”. Es el deber de demostrar que efectivamente tenemos un deseo sexual a flor de piel, pero la obligación de comportarnos con decoro: caliente pero no puta.

Luchar por tumbar el mito


El desconocimiento de la cultura caribeña, la xenofobia y el racismo refuerzan los prejuicios sobre los cuerpos y deseos, y perpetúan la dominación y colonización. Hay que soltar las nociones de un Caribe/ paraíso tropical para el turismo sexual, y de caribeñas que no saben lo que quieren pero deberían ceder a sus “instintos naturales” que supuestamente las diferencian de las anglosajonas. Estas lecturas llevan a bordes peligrosos: “Lxs cuerpxs negrxs, indios son aún la base para la extracción de capital monetario, simbólico, capital afectivo en la economía de cuidados y en la economía de los placeres y deseos: en la dimensión de los deseos se junta con el imaginario esa imagen de las feminidades afrolatinas, caribeñas, como cuerpos hipersexualizados reggaetoneras, salseras, bachateras. Mujer negra con frutas en la cabeza, “sexy”, a quienes se le demanda hipersensualidad”, comenta Piña Narváez.
Nuestras posibilidades están en identificar estas imposiciones culturales, no seguir perpetuando estos mitos, no seguir interiorizando las ideas de mujeres putas, santas, buenas y malas, que no solo favorecen la dominación de nuestras sexualidades, sino que según expone Domínguez Miguela: “favorecen el enfrentamiento de mujeres de diferentes generaciones, contribuyendo decisivamente a la distorsión de las relaciones femeninas más fuertes”.
 
KC

Tomado de https://www.vtactual.com/es/el-mito-del-caribe-y-las-mamis-ardientes/ en 11 de enero de 2017.