Publicaciones propias y de otras páginas de como va la lucha por los Derechos Humanos de la sexo género diversidad, de las mujeres, del crecimiento espiritual, de las Unidades Curriculares que facilito y de otros intereses.
Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres en lucha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres en lucha. Mostrar todas las entradas
lunes, 26 de febrero de 2018
jueves, 19 de enero de 2017
- Martes, 15 de Noviembre de 2016 a las 7:06 a.m.
Tras las acciones de los
"socialistas", acá la infidelidad a los principios no la ejerce Lilian
Tintori, sino los militantes del PSUV. Además, la infidelidad se
convirtió en un método
“El poder como la mujer es obtenido donjuanísticamente:
por la violencia o el engaño.
La mujer, como el poder, es sujeto de una dominación patriarcal:
personalista, déspota, e ilimitada”.
Luis Britto García (1)
Una
de las campañas sucias de la política venezolana en la actualidad
consiste en (burlarse y) adivinar la paternidad de un supuesto embarazo
de Lilian Tintori, la esposa del líder opositor preso Leopoldo López. Y
si acaso todavía más retrogrado, condenarla porque abortaría.
La “maniobra” en contra de esta mujer, que representa
los intereses de su marido (intereses de la derecha en Venezuela y
Latinoamérica) entra como anillo al dedo de una “izquierda”
pacata que enarbola la familia nuclear como bandera, que hace uso de la
población sexogénero diversa con fines electoreros (de los que -cuando
tiene el micrófono- se mofa), y luego el cuerpo de la mujer como
propiedad del Estado, una campaña conservadora y ofensiva para las y los feministas de izquierda.
¿Acaso, no hay mejor argumento para mantener en la
cárcel a Leopoldo López, que la supuesta infidelidad de una mujer que se
camina el mundo presionando por la liberación de su marido? ¿O, acaso
con este tipo de falacias creen socavar la “moralidad” de una familia
determinada (social y económicamente) a ocupar como su casa a
Miraflores?
Decía Nietzsche que “cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. ¿Quién puede decir que una no se convierte en el enemigo si actúa como el enemigo?
El
machismo criollo pone en duda la sexualidad de un “sospechosamente
demasiado soltero” candidato a la presidencia Henrique Capriles Radonski
(quien contribuye con el bochinche prometiendo casamiento a cambio de
votos), porque en Venezuela el poder está asociado a la potencia sexual, heteronormativa además
(por eso cualquier cambio en su peso, o en las formas de su piel, lo
diagnostican inmediatamente con SIDA, asociándolo a su homosexualidad).
Lo mismo disminuye a López al “donar” la vagina de su
esposa a todo macho en libertad. Pone en la diana de piernas abiertas a
la mujer del antagonista (porque al villano ya lo tiene tras las rejas).
Entonces, Diosdado le haría el “favor” a Lilian, mientras en la
cárcel a Leopoldo se le “cae el jabón”: el superhombre, versus la
“mariquita”.
El rechazo a la feminidad, a los rasgos femeninos en un
hombre, tiene que ver con el repudio a una debilidad asociada a la
supuesta naturaleza de la mujer, nacida para obedecer, según un
principio aristotélico en Política.
Acusar a Lilian de
serle infiel a su marido pretende descolocar a uno de los líderes de la
oposición radical contra el gobierno. Lo remite a la posición del
cornudo, el poco hombre, el apocado. Ergo le faltaría hombría para
liderar y gobernar. Si el machismo criollo tiene que hacer
mierda los principios de la ideología que dicen practicar (el socialismo
del siglo XXI) para mantenerse en el poder, se llevan por delante
mujer, principios, y la ideología misma, entonces los infieles son sus
militantes.
Esto, como sino fuera suficiente el prontuario de López
para mantenerlo tras las rejas. Como si los poderes públicos carecieran
de argumentos para sostener la decisión de hacer justicia respecto al
destino de este criminal (2) ¿Esa falta de argumentos no sería
contraproducente para que la libertad del personaje se haga factible? ¿A quién le conviene la superficialidad de la contraofensiva “revolucionaria”?
Carlos
Andrés Pérez, una vez lo explicó así: “Aquí hay dos grandes temas para
acusar y destruir a un hombre: el homosexualismo y la corrupción, lo
primero me lo quitaron porque todo el mundo se dedicó a decir que yo era
un don Juan. Entonces me acusaron de corrupto ”. Antes que la
honestidad, la “probidad” sexual.
A Rómulo Betancourt se le recuerda por querer escaparse
de la “fragua” diaria en las conversaciones ligeras de las mujeres.
Escaparse en “las cosas sin importancia” que discutían las mujeres era
el signo patriarcal de la época para decir que las mujeres fuimos (y
según la agenda, seguimos siendo) la vía de escape, la almohada donde
recostar el poder, la mano sobre el hombro en la foto, el bailecito en
la sala para liberar las tensiones. Querer disminuir la lucha de Lilian (lucha con la que no estamos de acuerdo), como disminuyeron el carácter de Cilia.
Que
le cambiaran el nombre de Primera dama a Cilia Flores al de Primera
combatiente no supuso un cambio de paradigma en el triste papel al que
la historia condena a las mujeres de los presidentes en Venezuela y el
mundo: el de receptáculo para los hijos (ejemplo para la
familia), y la organizadora de las dádivas en Instituciones de caridad.
Pero en una abogada que estuvo al frente de tantas batallas y que ahora
queda relegada a la sacrosanta imagen de esposa abnegada, y al silencio
ése de ser la “gran mujer detrás de un gran hombre” (a la sombra), es
un paso atrás para la construcción de la imagen de la mujer
revolucionaria en Venezuela.
Después de todo, Lilian hace su trabajo y lo hace bien, estemos de acuerdo o no en los motivos de su acción política
(Desmond Tutu y la hija de Salvador Allende se cuentan entre sus
conquistas a favor de López). Es decir, ella representa lo que la
historia dice que debe ser una mujer: la que lucha para que el hombre,
su hombre, tenga el poder. Pero, y qué hace Cilia.
Marcela
Lagarde lo diría así: “La condición de cuidadoras gratifica a las
mujeres afectivas y simbólicamente en un mundo gobernado por el dinero y
la valoración económica del trabajo y por el poder político. Dinero,
valor y poder son conculcados a las cuidadoras. Los poderes del cuidado,
conceptualizados en conjunto como maternazgo, por estar asociados a la
maternidad, no sirven a las mujeres para su desarrollo individual y
moderno y tampoco pueden ser trasladados del ámbito familiar y doméstico
al ámbito del poder político institucional” (3). Es decir: ser primera dama, primera combatiente no hace mojón (me perdonan lo prosaica).
En definitiva, tras
las acciones de los "socialistas", acá la infidelidad a los principios
no la ejerce Lilian. (Véase además: Asociaciones del Gobierno
revolucionario con Gold Reserve, Monsanto, Nestlé, etc.). La infidelidad
entonces se convirtió en un método.
Amplíe:
(1) Britto L. (2011). La máscara del poder. Caracas: Correo del Orinoco. P: 129.
(2)
“Leopoldo López es un político venezolano de ultraderecha, exalcalde y
exprecandidato presidencial, inhabilitado por hechos de corrupción,
vinculado a instituciones financiadas por la Agencia Central de
Inteligencia de Estados Unidos, responsable de acciones
desestabilizadoras. Aliado del expresidente colombiano Álvaro Uribe y el
autor intelectual de acciones violentas en el país que han dejado
decenas de muertos”. Más en: http://www.telesurtv.net/news/Leopoldo-Lopez-Agent...
(3) Cita tomada de la editorial de Las Comadres Púrpuras: Cilia en familia https://www.aporrea.org/ddhh/a235206.html
Lee también en Gastronauta:
Caraotas para Alí |
Enramar |
Malcogidos |
Gitana |
miércoles, 11 de enero de 2017
El mito del Caribe y las “mamis ardientes”
T. no es de Venezuela. Vino a pasar unos meses. Ya a
punto de irse me cuenta que se queda con cierto hastío respecto a la
forma en cómo las mujeres venezolanas se relacionan: “Esperan ser
cortejadas, como si los hombres debiéramos ganarnos cualquier atención
que ellas nos den. Eso hace complicado lograr un encuentro sexual
casual. Al principio se muestran arrojadas, tienen acercamientos físicos
hasta osados, pero cuando uno quiere ir más allá se retractan o todo se
complica. Terminan siendo más conservadoras que las mujeres no
caribeñas”.
Hace un par de años, en la lectura del veredicto de un concurso venezolano de narrativa erótica, una muchacha del público pidió el derecho de palabra para hablar sobre la hipocresía de una sociedad venezolana que se jacta de sus libertades sexuales caribeñas pero que en su mayoría termina siendo bastante pacata.
Un par de entrevistados que han vivido en Venezuela varios años se “quejan” de lo mismo: “Está esa premisa de la sangre y el cuerpo caliente del ser caribeño. Las mujeres actúan con provocación a veces, como si no se complicaran por lo sexual, pero después de que sucede esperan más, o se lo toman todo a pecho y quieren que algo superficial se vuelva más serio”.
Hace un par de años, en la lectura del veredicto de un concurso venezolano de narrativa erótica, una muchacha del público pidió el derecho de palabra para hablar sobre la hipocresía de una sociedad venezolana que se jacta de sus libertades sexuales caribeñas pero que en su mayoría termina siendo bastante pacata.
Un par de entrevistados que han vivido en Venezuela varios años se “quejan” de lo mismo: “Está esa premisa de la sangre y el cuerpo caliente del ser caribeño. Las mujeres actúan con provocación a veces, como si no se complicaran por lo sexual, pero después de que sucede esperan más, o se lo toman todo a pecho y quieren que algo superficial se vuelva más serio”.
Ninfómanas y vírgenes. No hay términos medios
¿De dónde provienen los estereotipos de
las mujeres caribeñas y su “libertad sexual”? ¿A qué se deben estas
construcciones culturales y raciales del género? ¿Desde dónde se
mantiene la idea de la “mami negra”, la “latina ardiente” y su
contraparte criticada, la “virgen abnegada” o “dulce María”? Yosjuan
Piña Narváez (“erchxs”), activista que ha investigado sobre los procesos
de opresión y colonización de los cuerpos y disidencias sexuales,
explica: “Todo pasa por la construcción de estxs cuerpxs otrxs bajo la
mirada blanca durante el proceso colonial. Es decir, nosotrxs, cuerpxs
disidentes, negrxs, indixs, etnoracializadxs, fuimos construidos primero
desde la animalidad, luego desde lo ‘extraño’ lo ‘raro’, lo exótico.
Mientras que el centro de la ‘normalidad’, de las ‘corporalidades’, es
el cuerpo blanco, norte-europeo, delgado, joven o juvenilizado y sin
diversidad funcional que lo aleje del plano de la ‘normalidad’”. Piña
Narváez señala que los cuerpos caribeños (“cuerpos otros”),
formaron/forman parte del deseo de los cuerpos hegemónicos “quienes se
encargaron de apropiar, intervenir, violar, erotizar ‘lo extraño’,
exotizar lo ‘raro’. Ero-exotizarnos a lxs cuerpxs racializadxs como
cuerpxs consumibles, devorables, extraíbles, intercambiables.” Esta
“exotización” no se limitó a la mirada blanca/europea, se extendió por
toda América Latina, creando la imagen de una población caribeña
hipersexual, de tropicals bombshells (bombas tropicales
sexuales). Caló en los imaginarios de las propias identidades del
Caribe, que se manejan entre la dicotomía de seguir imitando los
estereotipos coloniales impuestos como caribeñas picantes o como santas
Marías.
Justamente entre los argumentos
manifestados al principio de este texto se resalta la incomodidad del
comportamiento de las mujeres entre el binarismo de la “latina hot” y la
“dama católica”. Desde estos estereotipos se culpa y señalan las formas
en que las mujeres caribeñas asumen su sexualidad. Carolina
Serrano-Barquín y Patricia Zarza-Delgado, en su trabajo El erotismo como consumo cultural que evidencia violencia simbólica,
plantean: “En el imaginario masculino de dominación surgieron dos
míticos personajes femeninos: una, la voluptuosa, seductora y ninfómana,
o la otra; la casta, fiel y sumisa virgen que sólo sirve para la
procreación, mientras que el imaginario de lo femenino está plagado de
historias que demuestran la peligrosidad de ese animal incontenible que
ha representado la mujer, ya sea demoníaca o virtuosa, a lo largo de la
historia y que, según esta tradición, a las mujeres hay que encerrarlas,
esconderlas, atosigar con prejuicios, ascos y pudores; extrañarlas de
sus cuerpos”.
No siempre tengo las piernas abiertas. No siempre quiero solo sexo
A la vez hay un elemento a tomar en
cuenta: “Si bien la sensualidad está muy ligada a la seducción, no
necesariamente implica una práctica sexual”, explican las autoras. Esta
aclaratoria es pertinente cuando se asumen las manifestaciones
corporales de las mujeres, y sus expresiones de deseo, como una
inmediata invitación al sexo. Cuando la mujer aclara y se niega a
acceder a un acto más íntimo es señalada como “calientona”, pacata, no
se reconoce su derecho a negarse, ni su construcción y manifestación del
deseo. Y si accede pero manifiesta la pretensión de profundizar en otro
tipo de relación más continua, es tildada de enrollada, complicada.
Queda sujeta al rechazo de un policía moral, comenta Piña Narváez: “Este
policía moral te dice que no eres lo suficientemente progre y liberal, y
que yo, hombre, soy quien te va a decir cómo vas a hacer la revolución
sexual, el que trae el patrón de la liberación sexual, la franquicia
colonizadora de la sexualidad que nosotras, sudakas, debemos acatar
porque somos mojigatas”.
Antonia Domínguez Miguela en la investigación Esa imagen que en mi espejo se detiene: la herencia femenina en la narrativa de latinas en EE.UU,
habla de valores culturales, modelos y roles asfixiantes y difíciles de
combatir debido a su larga permanencia, y que ejercen presión sobre los
comportamientos de la mujer dentro de la cultura latina: “Son creados
por el sistema patriarcal para controlar el comportamiento social y
familiar de la mujer que es automáticamente condenada al ostracismo y
rechazo general si no sigue los modelos clasificados como positivos y
deseables por la comunidad patriarcal”. Es el deber de demostrar que
efectivamente tenemos un deseo sexual a flor de piel, pero la obligación
de comportarnos con decoro: caliente pero no puta.
Luchar por tumbar el mito
El desconocimiento de la cultura
caribeña, la xenofobia y el racismo refuerzan los prejuicios sobre los
cuerpos y deseos, y perpetúan la dominación y colonización. Hay que
soltar las nociones de un Caribe/ paraíso tropical para el turismo
sexual, y de caribeñas que no saben lo que quieren pero deberían ceder a
sus “instintos naturales” que supuestamente las diferencian de las
anglosajonas. Estas lecturas llevan a bordes peligrosos: “Lxs cuerpxs
negrxs, indios son aún la base para la extracción de capital monetario,
simbólico, capital afectivo en la economía de cuidados y en la economía
de los placeres y deseos: en la dimensión de los deseos se junta con el
imaginario esa imagen de las feminidades afrolatinas, caribeñas, como
cuerpos hipersexualizados reggaetoneras, salseras, bachateras. Mujer
negra con frutas en la cabeza, “sexy”, a quienes se le demanda
hipersensualidad”, comenta Piña Narváez.
Nuestras posibilidades están en
identificar estas imposiciones culturales, no seguir perpetuando estos
mitos, no seguir interiorizando las ideas de mujeres putas, santas,
buenas y malas, que no solo favorecen la dominación de nuestras
sexualidades, sino que según expone Domínguez Miguela: “favorecen el
enfrentamiento de mujeres de diferentes generaciones, contribuyendo
decisivamente a la distorsión de las relaciones femeninas más fuertes”.
KC
Tomado de https://www.vtactual.com/es/el-mito-del-caribe-y-las-mamis-ardientes/ en 11 de enero de 2017.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

